De psicólogos...
Mi primera sesión con mi psicólogo fue más traumática de lo que yo pensé en un principio. En primer lugar por los 60 € que me anunció, una vez iniciada la sesión, que me iba a costar. Lo primero es lo primero.
Y lo segundo, meternos en materia. Mi psicobiografía, que no es más que mi vida, aunque vista no desde un punto de vista biográfico (valga la redundacia), sino psicológico. Fácil, pensé. Así que comencé por mi infancia.
Mi infancia fue un puto desastre. Aprendí a leer bastante tarde (lo cual llevo arrastrando hasta hoy), y me costaba bastante seguir el ritmo de las clases. Fui siempre una alumna de capacidades discretas según mis docentes... discretas, bonito eufemismo. Tuve siempre el rechazo de mis compañeros y mis profesores, incluso la profesora de religión, que era una monja agustina recoleta y había tratado con toda clase de engendros indeseables en sus clases, pasaba de mí, ni siquiera me odiaba como si pudiera ser una encarnación, deformada, por supuesto, del ángel caído. No, su indiferencia era extrema, hasta el punto que en numerosísimas ocasiones me saltaba cuando pasaba lista.
En una ocasión, en vísperas de Navidad, creando el belén viviente que cada año el colegio hacía, doña Matea, que así se llamaba la santa, se vio obligada a contar conmigo, ya que el ángel anunciador, precisamente ese día, tuvo que ir al endocrino que trataba su problema de sobrepeso y la única a la que le servía su traje y sus alas, era yo. Así que allí me vi yo, feliz por ser protagonista por un día en la escuela que me odiaba. Todo transcurrió con normalidad, los pastorcillos, San José, la Virgen... y el angelito. Me subieron con unas correas y me colocaron sobre el portal. Lo cierto es que nadie me miraba, ni siquiera mis padres, que ese día no pudieron venir al colegio. Todo el mundo estaba pendiente de sus hijos, de sus partorcitos, sus ovejitas, sus Reyes Magos... del ángel pasaba hasta Dios.
Hasta que no les quedó más remedio que hacerme caso. Las correas no pudieron soportar mi peso y cedieron. Me llevé por delante la estrella, pinchándome en varios sitios, y caí sobre el niño Jesús, que era un muñeco pelón. Inmediatamente se formó un revuelo, los padres saltaron al escenario para "salvar" a sus hijos, los Reyes Magos se pusieron a llorar, doña Matea empezó a gritar: "¡Ha matado al hijo de Diooos! ¡Apóstata! ¡Infiel!". Nadie me ayudó a levantarme y a quitarme los trozos de estrella que tenía repartidos por todo mi inmenso traje de ángel. Nadie. Empecé a llorar completamente desolada.
Después de aquel incidente me expulsaron del colegio durante una semana alegando que había puesto en peligro la integridad física de mis compañeros.
- Ya es la hora. Podemos seguir una hora más, pero ya serán 120 €.
- No, no importa (me sequé las lágrimas). Continuaremos el próximo día.



loba-esteparia dijo
Me da la sensación, de que "el mundo que te rodeaba", necesitaba ser tratado con urgencia, no tú.
Un saludo
31 Marzo 2008 | 09:23 PM