Durante toda esta semana no he podido escribir. Ha sido una auténtica mierda de semana, ya incluso desde el inicio del pasado fin de semana. Y es que, como os venía relatando en mis anteriores post (me he tenido que releer a mi misma porque la semana pasada no me lei mucho), no puedo dejar de pensar en él. En él y en su hermosa nariz de pene.
Para colmo durante la semana pasada tuve una serie de encontronazos semánticos con algunos amigos cocteleros. Noto que ni aqui se me quiere ya. ¡Y yo que llegué a esto de los blogs pensando en encontrar mi lugar y llenarlo de gif animados de haditas que provocaran ataques epilepsicos! No hay justicia ni perdón en el mundo de los hombres. Ni en el de las ardillas.
Durante toda esta semana he llegado asqueada del trabajo. No paro de trabajar y no tengo tiempo para nada. El poco que me queda lo utilizo para jactarme en el dolor de no tenerlo a mi lado (mientras me clavo un clip bajo la uña, para que duela más). Pero ya ni el dolor más sádico me contenta.
Llego tan cansada a casa que no tengo ganas ni de cenar. Tal como llego, lanzo el bolso allá donde caiga, me tiro en la cama con los brazos extendidos, boca arriba, a modo de Cristo cruxificado. Me ilusiono con la posibilidad de quedarme dormida y morirme. Pero no. La vida es muy puta y al final siempre me despierto y me doy cuenta de que tengo que hacerme de cenar y volver a trabajar mañana. ¡Que asco de todo!
¡EL DÍA QUE ME HARTE ME PEGO UN TIRO!
